viernes, 2 de diciembre de 2011

La leyenda del dragón dormido entre arenas

La entrada y salida de Iquique por la cuesta, ha estado vigilada siempre por ese enorme lomo de bestia fabulosa, que señala el límite Sur-poniente de la ciudad. Por las tardes adopta colores ígneos que refuerzan las razones de su nombre: el Cerro Dragón.

Con 4 kilómetros de largo y cerca de 320 metros de altura, el cerro de arena supera en 170 metros a las dunas de tipo "seif" (de cumbre con borde "filoso") más altas del mundo, ubicadas en el Desierto del Sahara. Otra diferencia es que esta duna iqiuqueña se encuentra en un sector urbanizado, a diferencia de las otras grandes del mundo, situadas en puntos apartados. Esto la hace visible desde casi toda la ciudad, por lo que ha de ser uno de sus principales símbolos, casi equivalente al San Cristóbal de Santiago o al Morro de Arica. Los parapentistas del Norte Grande lo han hecho un lugar de atractivo para saltar montando los vientos costeros que llegan hasta los acantilados. También es lugar de práctica para sandboard, motociclismo y rally.

Se cree que el Cerro Dragón se formó hace unos 20 mil años, durante la última glaciación del período Cuaternario, a consecuencia del descenso de los mares. Frente a la actual ciudad, el mar se recogió una gran cantidad de kilómetros dejando secos enormes bancos o terrazas de arenas y sedimentos, que fueron soplados por los vientos hacia el interior del territorio, quedándose acumuladas en esta inmensa mole, al no poder desplazarse más allá de los cerros por donde hoy corre la cuesta hacia Alto Hospicio y Pozo Almonte. El 2004, la Corporación Nacional de Medio Ambiente presentó un programa para convertir 348,7 hectáreas del cerro y sus alrededores como Santuario de la Naturaleza, lo que se consiguió con el Decreto Supremo Nº 419 del 8 de abril del año siguiente.

El nombre de Dragón se debe a la forma que ha tenido este cerro, especialmente antes, cuando su cresta realmente semejaba el lomo de un monstruo dormido, generando innumerables historias de terror y folklore oral alrededor suyo. En las últimas décadas, las brisas marinas y los vientos altos han ido cambiado este borde de su cima, pero de todos modos se observan, por el lado de la carretera en la cuesta, las formas de pliegues o estrías que tiene el cerro hacia ese costado oriente, y que semejan las costillas de la criatura. En los días de calor, la distorsión en el aire hace que se vean en un movimiento semejante a la respiración del dragón de arena.

Pero mucho del contenido adjudicado al Cerro Dragón no pertenece a la historia geológica ni la historia humana, sino al legendario de la región. Interesante ha sido al respecto, la obra de rescate y recopilación hecha por el periodista Patricio Riveros, fallecido prematuramente, y de cuyos escritos en la revista "Agenda Dragón Cultural" hemos tomado el contenido de la principal leyenda sobre este cerro.

Riveros cuenta de un mito según el cual, las zonas arenosas y rocosas de Iquique eran habitadas por dragones con aspecto de reptiles más grandes que un elefante, que vivían 800 años cómodamente y sin depredadores que les hicieran frente. Bebían agua de un géiser caliente, además. Cazaban animales engañándolos: se echaban a dormir, pareciendo un roca, y estos se les acercaban buscando calor. Entonces el dragón despertaba y echaba fuego a sus presas, dándoles captura y devorándolos. Sin embargo, había un dragón de los últimos que quedaron, muy especial y nacido en Los Andes, que se vino a vivir a Iquique pero no compartía con sus congéneres, pues no echaba fuego y, aunque era solitario, se comportaba más amistoso con otros seres. Escogió los arenales de Cavancha como su morada y allí permaneció hasta que llegaron a sus reinos unos indígenas canoeros, los uros expulsados desde el Titicaca, que las demás tribus llamaban changos. Ellos estaban viajando constantemente al islote blanco de Cuadros, después llamado Serrano, desde donde explotaban las covaderas para venderle guano a los españoles.

Un día de aquellos, los changos se encontraron con el dragón mientras éste dormía en el agua, cuando iban a la isla, pero lo confundieron con una roca gris. Cuando éste despertó, sin embargo, observó a los hombres trabajando en la recolección del abono natural y decidió entrar en contacto, avanzando hacia ellos y saliendo del agua. Los changos se sorprendieron y le ofrecieron carne de ballena, pero el dragón no quiso, pues era amigo de estos animales. De todos modos, hicieron amistad con la bestia, y ésta se ofreció para ayudarlos a cargar el guano hasta la Pampa del Tamarugal, ganándose de inmediato el cariño y la amistad de los changos.

Gracias al dragón, los indígenas se hicieron muy ricos, justo en los días en que el imperio inca era sometido por los españoles. Sin embargo, al avanzar la colonia y llegar los tiempos de la república, Iquique comenzó a llenarse de casas y habitantes peruanos atraídos por la actividad minera argentífera y salitrera, mirando con recelo los negocios que los indígenas realizaban por generaciones con el amistoso dragón. El gobierno del Perú comenzó a exigir un impuesto a los changos, pues consideraba el guano de su propiedad. En consecuencia, la actividad se paralizó y el dragón, muy triste, quiso emigrar al Loa, pero ya estaba envejeciendo y seguía amando su Cavancha, por lo que siguió viviendo allí.

En 1875, sucedió un gran incendio en Iquique, que destruyó 27 cuadras. Incapaz de explicarse cómo avanzó tan rápido el fuego, el gentío acusó injustamente al noble dragón de haber provocado la tragedia y la muchedumbre corrió a atacarlo hasta su lugar de descanso en la playa. Aunque él les recordó que no era capaz de producir fuego como otros dragones, de todos modos se preparó un batallón de fusileros para darle muerte. El viejo dragón, incapaz de causar daño, aceptó el cruel destino y sólo pidió que le permitieran escoger en qué lugar caer muerto, eligiendo el lugar de dunas y arenas hacia el Sur de Iquique.

Pero un chango fue a toda prisa hasta allá, tratando de persuadir a la chusma de no dar muerte al gigante. Cuando estaban por descargar las armas encima, apareció ofreciendo finas y caras perlas marinas a cambio de que le perdonaran la vida. Sólo con este tesoro pudo salvarlo, pero le exigieron irse a la playa Huayquique y no volver a salir de allí.

El dragón pasó sus últimos años en este sitio hasta que, agobiado por el cansancio y la tristeza, decidió avanzar hasta los acantilados de la cordillera de la costa, y allí murió en silencio, en el mismo sitio de dunas donde casi fuera ejecutado. Las ballenas de la costa lloraron su muerte, llegando hasta los bordes de la playa y soplando su pena al unísono, provocando una enorme tormenta de arena que tapó el cuerpo del dragón muerto.

Así nació, entonces, lo que ahora se conoce como el Cerro Dragón.

4 comentarios:

  1. que hermosa historia... u.u

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  2. Excelente historia Patricio Riveros gran vecino !

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  3. Nuestro Dragon seguirá durmiendo vecino Patricio Riveros !

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